sábado, 12 de diciembre de 2015

Marco político pedagógico - Las normas en nuestra escuela


PARTE 1


MARCO POLÍTICO PEDAGÓGICO DE LA EDUCACIÓN ARGENTINA

En la primera clase abordamos nuestra tarea como equipos docentes en instituciones escolares, en términos de garantizar condiciones institucionales y pedagógicas para hacer efectivo el derecho a la educación de niñas/os, jóvenes y adultos que habitan el territorio nacional

Conocer el marco jurídico nos permitirá pensar en todas las posibilidades de que disponemos para transformar nuestras instituciones y también asumir esta responsabilidad en tanto agentes del Estado.
El cuerpo normativo vigente en nuestras escuelas es amplio y contiene una cantidad importante de regulaciones. En este caso haremos referencia a aquellas de alcance común y nacional
Por lo general asociamos las normas a las limitaciones, al orden, a definir qué es lo que no debe hacerse y a la sanción que corresponde a quien las transgrede. Nos preguntamos entonces: ¿De dónde viene esta mirada restrictiva y punitiva de las normas? ¿En qué paradigma social se asienta?
Si pensamos el ordenamiento desde el control, seguramente será necesaria una normativa que establezca los límites de lo posible. Si en cambio lo pensamos desde una perspectiva de derechos, la normativa ya no se focaliza en delimitar y sancionar sino en habilitar, en abrir caminos, en garantizar y crear condiciones para que lo que nos parece imposible a primera vista, se torne posible en nuestra escuela.
Es preciso subrayar que si bien se trata de un marco “de lujo” para pensar y hacer en la escuela, las regulaciones que de allí se desprenden requieren de una apropiación situada y de una articulación de todos los actores del sistema, para ser efectivamente encarnadas y constituidas en las instituciones.
Hablamos de la necesidad de conocer y "hacer carne" las normativas porque ellas son el fundamento de nuestras prácticas y no siempre garantizaron derechos; también tuvimos normas que legitimaban el cercenamiento, cuando no la violación, de los derechos de alumnos y docentes. Por eso hablamos de “hacer carne”, de apropiarse, porque no se trata sólo de cumplir con la ley, sino de defender los derechos alcanzados, de reconocer la lucha que los precede, de concretarlos y a veces re-inventarlos en los proyectos de las instituciones y de garantizar la continuidad de su plena vigencia.
Sabemos que muchas de estas normativas no son suficientes, que en varios casos no alcanzan para reparar aquello que aún debe ser transformado, pero también sabemos que el presente y el futuro de nuestros/as chicos/as y jóvenes nos demandan actuar ya.

  
Para pensar la escuela...

Los/as invitamos a “mirar” las normas –escritas o no- que guían y ordenan las acciones de la escuela, no la escuela en general sino aquella que se vive en su escuela en particular.
Y reflexionar…
¿Desde qué perspectiva están pensadas esas normas? ¿Desde una perspectiva punitiva o de derechos?
Tomemos por ejemplo el código “vivo” de convivencia que está presente en las decisiones de su escuela:
¿Qué derechos garantiza?
¿Qué posibilidades abre?
¿Qué formas de participación democrática de los/as alumnos realmente habilita?
¿Qué modalidades de comunicación con las familias y la comunidad moviliza?


Lo instituyente y lo instituido: el marco jurídico que habilita prácticas pedagógicas situadas e inclusivas
“La educación ha de concebirse como el movimiento por el cual
los hombres permiten a sus hijos vivir en el mundo y decidir su suerte en él.
Es un movimiento, un acompañar, un acto nunca acabado que consiste en hacer sitio al que llega y ofrecerle los medios para ocuparlo.”
Philippe Meirieu


En toda institución se plantea un juego de fuerzas en tensión constante entre lo instituido -una fuerza que tiende a perpetuar y reproducir lo ya existente y que por tanto se resiste al cambio- y lo instituyente, aquella fuerza que, oponiéndose a lo instituido, será portadora de la innovación, el cambio y la renovación.
Lo instituido de alguna manera estará del lado de la ley, en virtud de que se trata de un orden establecido, mientras que lo instituyente ocupa el lugar de un orden alternativo, no legitimado y que si bien puja por legitimarse, no es ley
En esta línea de análisis resulta sumamente interesante observar cómo en el caso de la Ley de Educación Nacional y el cuerpo de leyes y resoluciones que regulan el escenario educativo actual, las propuestas se viven como instituyentes en un escenario donde lo instituido ya no es posible, carece de legitimidad en tanto ya no responde a la realidad concreta de los/as alumnos/as reales y de la vida en las aulas.




NORMATIVA JURISDICCIONAL

http://www.entrerios.gov.ar/CGE/2010/especial/files/2011/05/1550-13-CGE-Trayectorias-Escolares1.pdf




Las normas en nuestra escuela

Desplegadas las resoluciones federales que -junto a las normativas de cada jurisdicción- conforman el marco de referencia de las actividades de cada institución, les proponemos mirarlas para buscar en ellas respuestas a las preguntas, preocupaciones, tensiones, inquietudes y esperanzas que la realidad de nuestra escuela nos plantea cada día.

  
Para pensar la escuela...
A la hora de tomar decisiones, ¿nos manejamos con el contenido de estas resoluciones y normativa o recurrimos a las prácticas tradicionales, arraigadas por la costumbre?
¿Recurrimos a las normas para buscar alternativas a las nuevas preguntas que nos plantea la realidad?
¿Sentimos verdaderamente que las normas nos “dan permiso” para innovar en nuestras prácticas? ¿Por qué? ¿Habilitan algunas de las prácticas que algunos/as docentes desarrollan en la escuela, atendiendo a situaciones especiales o proyectos específicos?
¿Los/as docentes/alumnos/padres de nuestra escuela conocen el marco normativo? ¿Creemos que les será de utilidad conocerlo? ¿Para qué?
  

PARTE 2

 VIDEO CONFERENCIA LIC. RICARDO BAQUERO

Ricardo Baquero aborda el “Mito del individuo”, a través del cual  hemos buscado en él atributos que lo hicieran capaz o incapaz de sobrellevar la experiencia escolar. Y también, el “Mito del progreso” entendido como un progreso indefinido motorizado fundamentalmente por la ciencia y la técnica; y sobre todo se va a traducir en nuestro campo como un criterio de progreso asociado a la querencia de que el desarrollo humano es un proceso natural.
Plantea el desafío de aprender a ver cómo generar un formato alternativo que no se vuelva compensatorio de remediar el déficit de capitales culturales.
Un formato alternativo para impedir que se trunquen las trayectorias escolares.
También, aborda la Paradoja del alumno autónomo que es la búsqueda desde el giro constructivista,  desde lo pedagógico- curricular preconizamos la mayor autonomía del sujeto bajo prácticas que dejan escasísimo margen de maniobras para una mínima elección de temas, para una mínima elección de materias.
Si no revisamos esos formatos, están quedando, efectivamente, sin ese ejercicio de derecho muchos sujetos, que no es por otra cosa que por nuestra falta de inventiva pedagógica.





·  
P

       Reflexionando sobre nuestras prácticas en nuestra escuela, pensemos:

¿Qué habilitamos o qué impedimos en las mismas?
¿Qué nos potentiza y qué nos impotentiza?
¿Cuándo  nos aborda esa aparente incapacidad, y cuando apostamos a la posibilidad de brindar nuevos caminos?
¿Podríamos pensar en la intensidad de las experiencias que brindamos a nuestros alumnos?
Pensemos en las trayectorias reales (repitentes, inasistentes transitorios o permanentes, ingresos tardíos) que se nos han presentado este año:
¿Cuáles pudimos encauzar y cuáles no? ¿Presentamos proyectos específicos para abordarlas?
¿Qué estrategias intraciclos implementamos para abordar la inclusión, fortalecimiento e integración de las trayectorias que nos interpelan y tensionan nuestra realidad escolar?
Leer Res. 174/12 C.F.E. , especialmente  Artículos 2, 4,6,11,20,21,24 y 25.




sábado, 10 de octubre de 2015

Inclusión y Justicia Educativa








2do. Momento: Recursos digitales

 

              Presentación de Power Point  “Inclusión y Justicia Educativa”, autores citados: Pineau, Kaplan, Robert O Connell, Bordieu, Frigerio, Dubet y Martucelli.
Normativa citada: Res. CFE N° 134/11, Res. CFE N° 174/12.


Finalizada la presentación, contando con más información teórica conceptual desde una perspectiva crítica como docentes individuales y colectivos en una escuela democrática, se presentará la siguiente actividad grupal:

PENSAR ENTRE COLEGAS
1-

¿Cuáles son las frases, que habitualmente escuchan en la escuela, y qué parecen indicar un destino para un alumno de una vez y para siempre?
Estas frases aparecen enunciadas ¿Por quiénes?

   
 2-

¿Cómo invitamos a imaginar otros horizontes simbólicos?
¿A reforzar positivamente la autoestima de los estudiantes y sus expectativas a futuro?


               3-

¿Podemos llegar a pensar en una escuela democrática?
¿Construir otros sentidos para nuestros estudiantes, tensionando los límites objetivos y las esperanzas subjetivas?¿Cómo?

AL FINALIZAR, CADA  GRUPO COMPARTIRÁ SU PRODUCCIÓN EN UNA PUESTA EN COMÚN.

jueves, 8 de octubre de 2015

UN ZAPATO PERDIDO




UN ZAPATO PERDIDO


O cuando las miradas saben mirar

La exclusión ha perdido poder para producir espanto e indignación en la sociedad.  Ni siquiera la universalización de la escolaridad básica disminuye esta exclusión, pues la solución radica en el ataque a las causas.  Ante este panorama, el autor confía a la escuela democrática una función crucial: contribuir a volver visible lo que la mirada normalizadora oculta.

Pablo Gentili*

Aquella mañana salí con Mateo, mi hijito, a hacer unas compras.  Las necesidades familiares eran eclécticas: pañales, disquetes, el último libro de Ana Miranda y algunas botellas de vino argentino, difíciles de encontrar a buen precio en Río de Janeiro.  Al cabo de algunas cuadras, Teo se durmió plácidamente en su cochecito.  Mientras él soñaba con alguna cosa probablemente mágica, percibí que uno de sus zapatos estaba desatado y a punto de caer.  Decidí  sacárselo para evitar que, en un descuido, se perdiera.  Pocos segundos después, una elegante señora me alertó: “¡Cuidado!, su hijo perdió un zapatito”.  “Gracias – respondí-, pero yo se lo saqué.”  Más adelante, el portero de un edificio de garaje movió su cabeza en dirección al pie de Mateo, diciendo en tono grave: “El zapato”.  Levantando el dedo pulgar en señal de agradecimiento, continué mi camino. Antes de llegar al supermercado, al doblar la esquina de la Avenida Nossa Señora de Copacabana y Rainha Elizabeth, un surfista igualmente preocupado con el destino del zapato de Teo dijo: “Oí, mané, tu hijo perdió la sandalia”. Erguí el dedo nuevamente y sonreí agradeciéndoselo, ya sin tanto entusiasmo.  La supuesta pérdida del zapato de Mateo no dejaba de generar muestras de solidaridad y alerta. Al llegar a nuestro departamento, João, el portero, con su habitual histrionismo, gritó despertando al niño: “¡Mateo, tu papá perdió de nuevo el zapato!”

El malestar de los profundos contrastes

Una vez a resguardo de las llamadas de atención, comenzó a invadirme una incómoda sensación de malestar.  Río de Janeiro es un territorio de profundos contrastes, donde el lujo y la miseria conviven de forma no siempre armoniosa.  Mi desazón era, quizás, injustificada: ¿qué hace del pie descalzo de un niño de clase media motivo de atención en una ciudad con centenares de chicos descalzos, brutalmente descalzos? ¿Por qué, en una ciudad con decenas de familias que viven a la intemperie, el pie superficialmente descalzo de Mateo llamaba más la atención que otros pies cuya ausencia de zapatos es la marca inocultable de la barbarie que supone negar los más elementales derechos humanos a millares de individuos?. La pregunta me parecía trivial.  Pero fui percibiendo que encerraba cuestiones centrales sobre las nuevas (y no tan nuevas) formas de exclusión social y educativa vividas hoy en América Latina.

Reconocer o percibir acontecimientos es una forma de definir los límites arbitrarios entre lo “normal” y lo “anormal”, lo aceptado y lo rechazado, lo permitido y lo prohibido.  De allí que, mientras es “anormal” que un niño de clase media ande descalzo, es absolutamente “normal” que centenares de chicos deambulen sin zapatos por las calles de Copacabana pidiendo limosna.  La “anormalidad” vuelve los acontecimientos visibles, cotidianos, al tiempo que la “normalidad” tiene la facultad de ocultarlos.  En nuestras sociedades fragmentadas, los efectos de la concentración de riquezas y la ampliación de miserias se diluyen ante la percepción cotidiana, no sólo como consecuencia de la frivolidad discursiva de los medios de comunicación de masas, sino también por la propia fuerza que adquiere aquello que se toma cotidiano, “normal”.

La exclusión es, hoy, invisible a los ojos.  Y la invisibilidad es la marca más visible de los procesos de exclusión en este milenio que comienza.  La exclusión y sus efectos están ahí.  Son evidencias crueles y brutales que nos enseñan las esquinas, comentan los diarios, exhiben las pantallas.  Pero la exclusión parece haber perdido poder para producir espanto e indignación en una buena parte de la sociedad.  En los “otros” y en “nosotros”.

La selectividad de la mirada cotidiana es implacable: dos pies descalzos no son dos pies descalzos. Uno es un pie que perdió el zapato. El otro es un pie que, simplemente no existe. Nunca existió ni existirá. Uno es el pie de un niño. El otro es el pie de nadie.

La exclusión se normaliza y, así, se naturaliza. Desaparece como “problema” y se vuelve sólo un “dato”, que, en su trivialidad, nos acostumbra a su presencia y nos produce una indignación tan efímera como lo es el recuerdo de la estadística que informa del porcentaje de individuos que viven por debajo de la “línea de pobreza”.  [En Brasil, casi un tercio de la población, unos 50 millones de personas, vive en la indigencia, tiene un ingreso mensual inferior a 32 dólares y no consume el mínimo de calorías diarias recomendado por la Organización Mundial de la Salud.  Según datos recientes de la Comisión Económica de las Naciones Unidas para la América Latina (CEPAL) (2000), en América Latina hay 220 millones de pobres, más de la mitad de ellos son niños, niñas y jóvenes. Tener menos de doce años y no ser pobre es una cuestión de suerte: casi el 60% de la población en ese grupo de edad lo es.  Datos que, en rigor, a todos indignan, pero que casi nadie recuerda.]

En nuestras sociedades fragmentadas, los excluidos deben acostumbrarse a la exclusión. Los no excluidos, deben acostumbrarse a la exclusión. Los no excluidos, también.  Así, la exclusión se desvanece en el silencio de los que la sufren y de los que la ignoran… o la temen.

La selectividad de la mirada temerosa es implacable: dos pies descalzos no son dos pies descalzos.  Uno es el pie de un niño. El otro, el pie de una amenaza. (La mirada insegura es blanca.  El pie de nadie, el que amenaza, negro)

Sin embargo, el miedo no nos hace ver la exclusión, sólo nos conduce a temerla. Y el temor es siempre aliado del olvido, del silencio, y aquí – en el Sur- es, casi siempre, un subproducto de la violencia, cuya vocación es volverse invisible para los que la sufren o presentarse de forma edulcorada en los discursos de las élites que la producen (Pinheiro, 1998).

La selectividad de la mirada desmemoriada es implacable: dos pies descalzos no son dos pies descalzos. Uno es el pie de un niño. El otro, un obstáculo.

La mirada normalizadora

La normalización de la exclusión se produce al descubrir que, a fin de cuentas, en una buena parte del mundo hay más excluidos que incluidos.  Los hay, y por todas partes: pobres, desempleados, inempleables, sin – techo, mujeres, jóvenes, sin-tierra, ancianos, negros, personas con necesidades especiales, inmigrantes, analfabetos, indios, niños de la calle… La  suma de las minorías acaba siendo la inmensa mayoría. Y ser mayoría tiene su coste: la transparencia. Lo que queda “excluido” del concepto exclusión es un sector reducido de la población…

Pero el problema parece ser más serio.  La exclusión es un estado que, por sí mismo, no explica las razones que la producen.  Un analfabeto, por ejemplo , está excluido. La condición de analfabeto nos aporta elementos para saber dónde ese individuo se encuentra socialmente, aunque no por qué.  Resulta evidente que existe una diferencia entre la condición del excluido (un estado) y las dinámicas de exclusión (un proceso).  De tal forma, no toda acción tendiente a acabar con el analfabetismo supone acabar con las causas que lo producen.  Asimismo, la disminución del número de niños que abandonan la escuela no permite, por sí sola, festejar el fin de la exclusión escolar….
La condición de excluido es el resultado de un proceso de producción social de múltiples formas y modalidades de exclusión. Como proceso, la exclusión no desaparece porque se “atacan” sus efectos sino causas. Y, para seguir con nuestro ejemplo, la causa del analfabetismo no son los analfabetos.  Por esto, las políticas que, preocupadas aparentemente con la “gente”, desarrollan programas que se centran en “atender” a los pobres, aunque tengan efectos compensatorios de mayor o menor alcance, no impiden o limitan la producción de nuevas exclusiones y, consecuentemente, de nuevos excluidos a ser atendidos por otros programas “sociales” en el futuro…


…La historia del zapato de Mateo, en su trivialidad e irrelevancia, sintetiza una cuestión que quizá sea insoslayable en toda reflexión sobre la relación entre la exclusión y la escuela: ¿en qué medida la práctica educativa contribuye a tornar visibles (o invisibles) los procesos sociales por los que determinados individuos son sometidos a brutales condiciones de pobreza y marginalidad?
¿Cuál es el papel de las instituciones escolares en la formación de una mirada que nos ayuda, por ejemplo, a comprender o a desconsiderar los procesos que operan cuando la exclusión se normaliza, cuando se vuelve cotidiana y pierde poder para producir espanto?...

Descubrir la diferencia entre dos pies descalzos

Aquella mañana, el sol tenía un brillo especial. Quizá lo fuera por la risa de Mateo, que, ya despierto, me invitaba a revolcarme con él, a morderlo, a besarlo, a cantar. Traté de imaginar qué tipo de escuela iba a tener la suerte (o la desgracia) de conocer.  No lo sé… Espero que sea una que le permita distinguir la diferencia entre dos pies descalzos, entre un trivial descuido y una brutal negación. Sólo eso. Y a sentir vergüenza al descubrir que, muchas veces, sólo somos capaces de percibir la existencia de aquel que supuestamente perdió el zapato.





* Pablo Gentili es profesor de la Universidad del Estado de Río de Janeiro.  La primera parte de este artículo reproduce y amplía las discusiones desarrolladas en el capítulo 1 de Códigos para la ciudadanía.  La formación ética como práctica de la libertad, libro coordinado por el propio Gentili.







1er. Momento:   Taller de Educadores

*      Lectura grupal compartida del texto “Un zapato perdido o Cuando las miradas saben mirar” de Pablo Gentile, con música instrumental suave de fondo que invita a disfrutar y a escuchar. Varios docentes invitados a leer realizan la misma.
Se entrega  a  docentes, tarjetas con preguntas que facilitan el análisis de la lectura con un orden predeterminado, que servirán de base a la reflexión final.
Preguntas para el análisis:
ü  ¿Qué es lo que le sucede esa mañana al autor?
ü  ¿Por qué esa experiencia lo moviliza?
ü  ¿A qué contrastes hace alusión?
ü  ¿Qué sería lo “normal” y lo “anormal” en esa sociedad?
ü  ¿Qué fenómeno social es invisible a los ojos?¿Por qué?
ü  ¿Qué significa…”dos pies descalzos no son dos pies descalzos”…?
ü  ¿Quiénes deben acostumbrarse a la exclusión?¿Para qué?
ü  Según el autor:¿ Un analfabeto es un resultado o una causa? Fundamente.
ü  ¿Qué nos propone descubrir?

REFLEXIÓN

¿Qué situaciones, actitudes o prácticas, en nuestra institución, darían cuenta de “dos pies descalzos”?
                      

                    
*      Se entregan tarjetas para que escriban sus reflexiones anónimas, una vez escritas pasarán a pegarlas en un afiche para socializarlas.

REFLEXIÓN

¿Qué situaciones, actitudes o prácticas , en nuestra institución, nos permite descubrir la diferencia entre “dos pies descalzos”?
 





*      Se entregan tarjetas para escribir sus reflexiones, pegarlas en un afiche y se invita a un o varios docentes a leer para compartirlas.


Las reflexiones se harían a partir de la metáfora “dos pies descalzos”, ya que permite extrañarse de la situación; sería la ventana a través de la cual observaríamos las vivencias escolares para facilitar la reflexión.