sábado, 10 de octubre de 2015

Inclusión y Justicia Educativa








2do. Momento: Recursos digitales

 

              Presentación de Power Point  “Inclusión y Justicia Educativa”, autores citados: Pineau, Kaplan, Robert O Connell, Bordieu, Frigerio, Dubet y Martucelli.
Normativa citada: Res. CFE N° 134/11, Res. CFE N° 174/12.


Finalizada la presentación, contando con más información teórica conceptual desde una perspectiva crítica como docentes individuales y colectivos en una escuela democrática, se presentará la siguiente actividad grupal:

PENSAR ENTRE COLEGAS
1-

¿Cuáles son las frases, que habitualmente escuchan en la escuela, y qué parecen indicar un destino para un alumno de una vez y para siempre?
Estas frases aparecen enunciadas ¿Por quiénes?

   
 2-

¿Cómo invitamos a imaginar otros horizontes simbólicos?
¿A reforzar positivamente la autoestima de los estudiantes y sus expectativas a futuro?


               3-

¿Podemos llegar a pensar en una escuela democrática?
¿Construir otros sentidos para nuestros estudiantes, tensionando los límites objetivos y las esperanzas subjetivas?¿Cómo?

AL FINALIZAR, CADA  GRUPO COMPARTIRÁ SU PRODUCCIÓN EN UNA PUESTA EN COMÚN.

jueves, 8 de octubre de 2015

UN ZAPATO PERDIDO




UN ZAPATO PERDIDO


O cuando las miradas saben mirar

La exclusión ha perdido poder para producir espanto e indignación en la sociedad.  Ni siquiera la universalización de la escolaridad básica disminuye esta exclusión, pues la solución radica en el ataque a las causas.  Ante este panorama, el autor confía a la escuela democrática una función crucial: contribuir a volver visible lo que la mirada normalizadora oculta.

Pablo Gentili*

Aquella mañana salí con Mateo, mi hijito, a hacer unas compras.  Las necesidades familiares eran eclécticas: pañales, disquetes, el último libro de Ana Miranda y algunas botellas de vino argentino, difíciles de encontrar a buen precio en Río de Janeiro.  Al cabo de algunas cuadras, Teo se durmió plácidamente en su cochecito.  Mientras él soñaba con alguna cosa probablemente mágica, percibí que uno de sus zapatos estaba desatado y a punto de caer.  Decidí  sacárselo para evitar que, en un descuido, se perdiera.  Pocos segundos después, una elegante señora me alertó: “¡Cuidado!, su hijo perdió un zapatito”.  “Gracias – respondí-, pero yo se lo saqué.”  Más adelante, el portero de un edificio de garaje movió su cabeza en dirección al pie de Mateo, diciendo en tono grave: “El zapato”.  Levantando el dedo pulgar en señal de agradecimiento, continué mi camino. Antes de llegar al supermercado, al doblar la esquina de la Avenida Nossa Señora de Copacabana y Rainha Elizabeth, un surfista igualmente preocupado con el destino del zapato de Teo dijo: “Oí, mané, tu hijo perdió la sandalia”. Erguí el dedo nuevamente y sonreí agradeciéndoselo, ya sin tanto entusiasmo.  La supuesta pérdida del zapato de Mateo no dejaba de generar muestras de solidaridad y alerta. Al llegar a nuestro departamento, João, el portero, con su habitual histrionismo, gritó despertando al niño: “¡Mateo, tu papá perdió de nuevo el zapato!”

El malestar de los profundos contrastes

Una vez a resguardo de las llamadas de atención, comenzó a invadirme una incómoda sensación de malestar.  Río de Janeiro es un territorio de profundos contrastes, donde el lujo y la miseria conviven de forma no siempre armoniosa.  Mi desazón era, quizás, injustificada: ¿qué hace del pie descalzo de un niño de clase media motivo de atención en una ciudad con centenares de chicos descalzos, brutalmente descalzos? ¿Por qué, en una ciudad con decenas de familias que viven a la intemperie, el pie superficialmente descalzo de Mateo llamaba más la atención que otros pies cuya ausencia de zapatos es la marca inocultable de la barbarie que supone negar los más elementales derechos humanos a millares de individuos?. La pregunta me parecía trivial.  Pero fui percibiendo que encerraba cuestiones centrales sobre las nuevas (y no tan nuevas) formas de exclusión social y educativa vividas hoy en América Latina.

Reconocer o percibir acontecimientos es una forma de definir los límites arbitrarios entre lo “normal” y lo “anormal”, lo aceptado y lo rechazado, lo permitido y lo prohibido.  De allí que, mientras es “anormal” que un niño de clase media ande descalzo, es absolutamente “normal” que centenares de chicos deambulen sin zapatos por las calles de Copacabana pidiendo limosna.  La “anormalidad” vuelve los acontecimientos visibles, cotidianos, al tiempo que la “normalidad” tiene la facultad de ocultarlos.  En nuestras sociedades fragmentadas, los efectos de la concentración de riquezas y la ampliación de miserias se diluyen ante la percepción cotidiana, no sólo como consecuencia de la frivolidad discursiva de los medios de comunicación de masas, sino también por la propia fuerza que adquiere aquello que se toma cotidiano, “normal”.

La exclusión es, hoy, invisible a los ojos.  Y la invisibilidad es la marca más visible de los procesos de exclusión en este milenio que comienza.  La exclusión y sus efectos están ahí.  Son evidencias crueles y brutales que nos enseñan las esquinas, comentan los diarios, exhiben las pantallas.  Pero la exclusión parece haber perdido poder para producir espanto e indignación en una buena parte de la sociedad.  En los “otros” y en “nosotros”.

La selectividad de la mirada cotidiana es implacable: dos pies descalzos no son dos pies descalzos. Uno es un pie que perdió el zapato. El otro es un pie que, simplemente no existe. Nunca existió ni existirá. Uno es el pie de un niño. El otro es el pie de nadie.

La exclusión se normaliza y, así, se naturaliza. Desaparece como “problema” y se vuelve sólo un “dato”, que, en su trivialidad, nos acostumbra a su presencia y nos produce una indignación tan efímera como lo es el recuerdo de la estadística que informa del porcentaje de individuos que viven por debajo de la “línea de pobreza”.  [En Brasil, casi un tercio de la población, unos 50 millones de personas, vive en la indigencia, tiene un ingreso mensual inferior a 32 dólares y no consume el mínimo de calorías diarias recomendado por la Organización Mundial de la Salud.  Según datos recientes de la Comisión Económica de las Naciones Unidas para la América Latina (CEPAL) (2000), en América Latina hay 220 millones de pobres, más de la mitad de ellos son niños, niñas y jóvenes. Tener menos de doce años y no ser pobre es una cuestión de suerte: casi el 60% de la población en ese grupo de edad lo es.  Datos que, en rigor, a todos indignan, pero que casi nadie recuerda.]

En nuestras sociedades fragmentadas, los excluidos deben acostumbrarse a la exclusión. Los no excluidos, deben acostumbrarse a la exclusión. Los no excluidos, también.  Así, la exclusión se desvanece en el silencio de los que la sufren y de los que la ignoran… o la temen.

La selectividad de la mirada temerosa es implacable: dos pies descalzos no son dos pies descalzos.  Uno es el pie de un niño. El otro, el pie de una amenaza. (La mirada insegura es blanca.  El pie de nadie, el que amenaza, negro)

Sin embargo, el miedo no nos hace ver la exclusión, sólo nos conduce a temerla. Y el temor es siempre aliado del olvido, del silencio, y aquí – en el Sur- es, casi siempre, un subproducto de la violencia, cuya vocación es volverse invisible para los que la sufren o presentarse de forma edulcorada en los discursos de las élites que la producen (Pinheiro, 1998).

La selectividad de la mirada desmemoriada es implacable: dos pies descalzos no son dos pies descalzos. Uno es el pie de un niño. El otro, un obstáculo.

La mirada normalizadora

La normalización de la exclusión se produce al descubrir que, a fin de cuentas, en una buena parte del mundo hay más excluidos que incluidos.  Los hay, y por todas partes: pobres, desempleados, inempleables, sin – techo, mujeres, jóvenes, sin-tierra, ancianos, negros, personas con necesidades especiales, inmigrantes, analfabetos, indios, niños de la calle… La  suma de las minorías acaba siendo la inmensa mayoría. Y ser mayoría tiene su coste: la transparencia. Lo que queda “excluido” del concepto exclusión es un sector reducido de la población…

Pero el problema parece ser más serio.  La exclusión es un estado que, por sí mismo, no explica las razones que la producen.  Un analfabeto, por ejemplo , está excluido. La condición de analfabeto nos aporta elementos para saber dónde ese individuo se encuentra socialmente, aunque no por qué.  Resulta evidente que existe una diferencia entre la condición del excluido (un estado) y las dinámicas de exclusión (un proceso).  De tal forma, no toda acción tendiente a acabar con el analfabetismo supone acabar con las causas que lo producen.  Asimismo, la disminución del número de niños que abandonan la escuela no permite, por sí sola, festejar el fin de la exclusión escolar….
La condición de excluido es el resultado de un proceso de producción social de múltiples formas y modalidades de exclusión. Como proceso, la exclusión no desaparece porque se “atacan” sus efectos sino causas. Y, para seguir con nuestro ejemplo, la causa del analfabetismo no son los analfabetos.  Por esto, las políticas que, preocupadas aparentemente con la “gente”, desarrollan programas que se centran en “atender” a los pobres, aunque tengan efectos compensatorios de mayor o menor alcance, no impiden o limitan la producción de nuevas exclusiones y, consecuentemente, de nuevos excluidos a ser atendidos por otros programas “sociales” en el futuro…


…La historia del zapato de Mateo, en su trivialidad e irrelevancia, sintetiza una cuestión que quizá sea insoslayable en toda reflexión sobre la relación entre la exclusión y la escuela: ¿en qué medida la práctica educativa contribuye a tornar visibles (o invisibles) los procesos sociales por los que determinados individuos son sometidos a brutales condiciones de pobreza y marginalidad?
¿Cuál es el papel de las instituciones escolares en la formación de una mirada que nos ayuda, por ejemplo, a comprender o a desconsiderar los procesos que operan cuando la exclusión se normaliza, cuando se vuelve cotidiana y pierde poder para producir espanto?...

Descubrir la diferencia entre dos pies descalzos

Aquella mañana, el sol tenía un brillo especial. Quizá lo fuera por la risa de Mateo, que, ya despierto, me invitaba a revolcarme con él, a morderlo, a besarlo, a cantar. Traté de imaginar qué tipo de escuela iba a tener la suerte (o la desgracia) de conocer.  No lo sé… Espero que sea una que le permita distinguir la diferencia entre dos pies descalzos, entre un trivial descuido y una brutal negación. Sólo eso. Y a sentir vergüenza al descubrir que, muchas veces, sólo somos capaces de percibir la existencia de aquel que supuestamente perdió el zapato.





* Pablo Gentili es profesor de la Universidad del Estado de Río de Janeiro.  La primera parte de este artículo reproduce y amplía las discusiones desarrolladas en el capítulo 1 de Códigos para la ciudadanía.  La formación ética como práctica de la libertad, libro coordinado por el propio Gentili.







1er. Momento:   Taller de Educadores

*      Lectura grupal compartida del texto “Un zapato perdido o Cuando las miradas saben mirar” de Pablo Gentile, con música instrumental suave de fondo que invita a disfrutar y a escuchar. Varios docentes invitados a leer realizan la misma.
Se entrega  a  docentes, tarjetas con preguntas que facilitan el análisis de la lectura con un orden predeterminado, que servirán de base a la reflexión final.
Preguntas para el análisis:
ü  ¿Qué es lo que le sucede esa mañana al autor?
ü  ¿Por qué esa experiencia lo moviliza?
ü  ¿A qué contrastes hace alusión?
ü  ¿Qué sería lo “normal” y lo “anormal” en esa sociedad?
ü  ¿Qué fenómeno social es invisible a los ojos?¿Por qué?
ü  ¿Qué significa…”dos pies descalzos no son dos pies descalzos”…?
ü  ¿Quiénes deben acostumbrarse a la exclusión?¿Para qué?
ü  Según el autor:¿ Un analfabeto es un resultado o una causa? Fundamente.
ü  ¿Qué nos propone descubrir?

REFLEXIÓN

¿Qué situaciones, actitudes o prácticas, en nuestra institución, darían cuenta de “dos pies descalzos”?
                      

                    
*      Se entregan tarjetas para que escriban sus reflexiones anónimas, una vez escritas pasarán a pegarlas en un afiche para socializarlas.

REFLEXIÓN

¿Qué situaciones, actitudes o prácticas , en nuestra institución, nos permite descubrir la diferencia entre “dos pies descalzos”?
 





*      Se entregan tarjetas para escribir sus reflexiones, pegarlas en un afiche y se invita a un o varios docentes a leer para compartirlas.


Las reflexiones se harían a partir de la metáfora “dos pies descalzos”, ya que permite extrañarse de la situación; sería la ventana a través de la cual observaríamos las vivencias escolares para facilitar la reflexión.

miércoles, 7 de octubre de 2015

Bienvenidos, colegas!
En tiempos de transformaciones educativas es necesario disponer de todas las herramientas pedagógicas disponibles. Esta es una de ellas. Un espacio para crecer colaborando, para desarrollar nuestra creatividad, nuestras propuestas y nuestras potencialidades como docentes en una escuela democrática.
Un gusto estar con ustedes!